sábado, 3 de julio de 2010

Unos días antes de llegar.....




.....Seguramente era el mejor bocado que podía haber tomado en los últimos dos años.
No tenía la suerte de algunos vecinos, que pese a los malos tiempos que corrían no había día que no se llevaran a la barriga algún que otro pedazo de carne o algún pescado maloliente.
Entró justo cuando la pieza se iba al suelo y pudo oír como el jefe de la tienda echaba una bronca considerable a la pobre chica que despachaba en ese momento.
La quijada, de un cerdo que por su envergadura debió morir de viejo, se le escurrió entre las manos al golpearla con el hacha. Aún conservaba los molares del animal, algunos rotos por el trajín del matadero, el transporte y la manipulación en la tienda, lo que estaba sucediendo desde hacía cuatro días. Todos querían verla de cerca para saber si podrían obtener algún alimento de tan descomunal hueso, pero al acercarle la pieza el mal olor que desprendía les hacia desistir.
Ella, con su barriga pronunciada por el embarazo que ya llegaba a los ocho meses, no quiso ni olerla. Sabiendo que en su monedero no llevaba más de seis monedas, y que ninguna era mayor que una rubia , no dudó en aprovechar la oportunidad para hacerse con el tan llevado y traído hueso, aunque sólo fuera para amenizar la olla de agua caliente que le esperaba en el trastero en el que vivía.
Su marido trabajaba aquella quincena en el turno de mañana, y estaría a la mesa para comer, algo, sobre las tres de la tarde. La jornada en la mina comenzaba a las seis de la mañana y duraba hasta las dos. Mientras pasaba por la ducha y volvía a casa caminando el kilómetro y medio que separaba la mina del pueblo, se le hacían las tres de la tarde y el cuerpo machacado por el trabajo diario necesitaba arrimarse algo caliente.
El jefe de la tienda seguía vociferando como si de los solomillos del cerdo se hubiese tratado. Además profería insultos contra la empleada y la madre de ésta seguro que sintió como se le erizaba el pelo, tal era el cabreo del jefe que los gritos se oían en toda la calle.
Cuando pudo preguntar, lo hizo con una vocecita que apenas pudo oírse, quizás por el miedo que le produjo el energúmeno chillón. El perro ladrador le pidió dos pesetas por la quijada y ella dio un respingo como si le hubiera llegado la primera contracción para parir. Con la misma vocecita contestó que era muy caro, y que además la quijada ya había corrido por todo el suelo de la tienda.
Los ojos del jefe se iban a salir de sus órbitas. Parecía que le iban a explotar y que darían un nuevo repaso al suelo de la tienda.
En eso, se sentó como quien espera a que le dé el ataque final, y echando el tronco hacia atrás respiró con fuerza antes de volver a hablar.
Bueno, te lo voy a dejar en una peseta pero no debes decir a nadie lo que acabas de ver.
Ni se ha caído, ni he gritado, ni nada de nada.
Poca instrucción de escuela había tenido ella, pero una peseta era algo que estaba a su alcance aquel día y le iba a resolver cuatro estómagos por un rato.
Casi sin hablar aceptó, y abriendo el monederito sacó dos piezas de dos reales y se las alargó a la chica que aún temblaba de miedo.
Metió el paquete en la cesta y salió con su dolor de piernas para casa, poquito a poco, y a cada poco alguna vecina o conocida la paraba para preguntarle, cuánto te queda niña?
Todas sabían perfectamente que aún le quedaba casi un mes para término, pero la costumbre de los pueblos, el marujeo y el critiqueo, la paraban cada dos minutos cada vez que salía para comprar la comida del día, que a esas alturas del embarazo era para lo único que salía de casa.
Habían llegado a ese pueblo del interior de Cataluña hacía ya cinco años, huyendo de la miseria y el hambre, como muchos otros y a otros muchos pueblos, buscando un trabajo con el que poder ganar al menos para comer, para el día a día, aunque fuese la quijada de un cerdo antiguo, antiguo antes de ser sacrificado y antiguo antes de ser vendido.
Se toparon con la incomprensión de algunos indígenas que temieron desde el primer momento que aquellos que llegaban por familias completas les quitarían el poco pan que había. Pero también encontraron gentes que les recibieron con la humanidad que todo ser viviente se merece, por mucha hambre que haya. Alguno les llegó a comentar, a poco de haber llegado, que habiendo aquí la misma miseria que en todas partes y el hambre que corre por todos sitios, cuantos más seamos a menos castigo tocaremos.
Como si el reparto de la miseria hubiese sido en algún tiempo y espacio cosa equitativa.
Cuando se corre en bajada se trastabillan los pies, caes y los que vienen contigo o detrás de ti te caen encima. Difícil situación para levantarse rápido y sin daños.
Al llegar, que lo hicieron en meses distintos del mismo año, cada uno vivió por su lado, aunque ya se conocían del pueblo.
Pasó un tiempo, no mucho, antes de que ella quedase en cinta. Como no estaban casados, pocas semanas antes del parto de su primer hijo, él la había convencido para ir al registro civil y pedir los papeles para el casamiento, y también para hablar con el párroco del pueblo y fijar una fecha y casarse. Eso sí, tempranito. A las siete de la mañana de un domingo que él no trabajaba en la mina les recibió el cura. Bastante malhumorado por cierto, al ver el avanzado estado de ella y aún más al comprobar que todavía no entendían nada el catalán. Y lo que tardarían. Murió el funesto párroco y aún ellos abrían ojos como platos cuando alguien les hablaba en catalán.
Los hombres de aquel tiempo no estaban muy por la labor de crear hogar, estaban más por crear pequeñajos a base de escarceos y requiebros a las hembras. Su tiempo, aparte de trabajo, se rellenaba con partidas de cartas en el bar del pueblo, salidas en grupo de babeantes a mirar por agujeros, y muy de tarde en tarde una visita a la casa de señoritas de una ciudad cercana, donde para su desgracia, siempre había otros de su pueblo, de origen o de residencia, a la misma labor. Siempre se pactó yo no te he visto y tu a mí tampoco.
No era común que los hombres quisieran pasar por el altar y el registro antes del parto.
Casi todos esperaban a ver nacida su descendencia y ya, ante tales hechos no había quien se resistiera, y al menos la mayoría accedía a pasar por la vicaría.
Aquella mañana de enero, cuando por fin llegó a casa, y sacó la quijada para echarla en el agua hirviendo de la olla que su suegra estaba vigilando, pensó en que ya llevaban más de cinco años en aquel pueblo, estaba esperando a su segundo hijo, y esperaba todavía también que la cosa mejorase. Que se acabase la miseria, los colchones en el suelo, los retortijones nocturnos de barrigas vacías y las ausencias de su marido. Sólo se quejaba de eso, de que su marido no estuviese más con ella y el niño que ya tenían. Siempre estaba fuera de casa, trabajando o en el bar. Cuando llegaba quería comer algo, algunas veces, y otras directamente se metía entre las mantas y se quedaba rendido.
Cada vez que se lo decía a su suegra, la anciana bajaba la cabeza y la callada por respuesta. Ni las madres podían sujetar a sus hijos.
En alguna ocasión le contestaba con evasivas, tratando de justificar a su hijo, por el trabajo, el cansancio, el mal humor por los tiempos que corrían, y otras lindezas que sobradamente eran conocidas y padecidas también por ella.
Al ver la quijada en el agua sintió un poco de alivio. Al menos ese día el agua no estaba tan clara como de costumbre. Docena y media de garbanzos bailaban en el agua y querían dar consistencia al enjuague. En un par de horas se podría comer, añadiendo eso sí, la barra de pan negro que por diez céntimos había comprado.
Ningún día más de aquel enero hubo hueso en la olla. Lo más, algún trozo de tocino rancio con otras tantas medidas de garbanzos o alubias.


Menuda tarde de mierda y polvo a ochocientos metros de profundidad.
No habían sido las mejores cuatro horas de su trabajo y estaban a punto de sentarse sobre una piedra para tomar un bocado reponedor.
Desató el atadillo y sacó la fiambrera de latón. Reflejaba la luz del carburo en la tapadera, como anunciando un exquisito manjar en su interior, pero esto le pasó desapercibido a él. El agotamiento físico le había quitado el hambre y además tenía la certeza de qué contenía la fiambrera. Dos arenques cortados por la mitad y un tomate que en el exterior de la mina olía a tomate de verdad, pero que allí dentro se mezclaba con el polvo y el humo de la mina y no sabía a nada, parecía agua.
Sacó la navaja del bolsillo tirando de la cadenita que la sujetaba y cortó el primer trozo de pan de centeno. Lo acompaño con un bocado de arenque y un trago de agua. El tomate lo cortó por la mitad y le fue sacando gajos que intercalaba con pan y agua del botijo.
El ayudante, un chaval de apenas dieciséis años sólo tenía que mantener el botijo lleno de agua, acudiendo a la vagoneta que cada dos horas bajaban por el ascensor desde la calle, supuestamente fresca. Mientras los mineros comían aquel bocado el ayudante arrimaba el botijo a quien se lo pidiera. Al terminar los mineros comía el chaval.
Su compañero le preguntó por su mujer, si ya había parido. Aún le faltaban dos semanas, pero se encontraba bastante pesada y con muchas ganas de que acabase el embarazo.
Yo tengo ganas de que acabe ya esta vida que nos explota en el fondo de la mina. Regreso al pueblo.
Si te vas, a lo mejor me pueden alquilar a mí tu piso.
Dos días más tarde, habló con el propietario del piso, un cuchitril en la planta baja del mismo edificio y algo más grande que el trastero donde vivía. Se lo alquiló pero con la condición de que no podían hacer obras ni reformas, se debían conformar con lo que era. Y era, una habitación de tres por tres, un aseo con retrete y lavabo, y el salón comedor cocina despensa trastero, donde eso sí, cabían la mesa y las tres sillas que tenían.
Cuando volvió al trastero se lo dijo a su mujer y ella torció el gesto. Era consciente de que ella tendría que encargarse de la poca mudanza que había que hacer: la mesa, las tres sillas, el colchón y las mantas, las dos maletas con la poca ropa que tenían, y la olla y cacharros de cocina.
No tenía el cuerpo para mudanzas.
Lo hizo el martes siguiente, en una tarde, pero con su suegra tirando de brazos y con la ayuda de una vecina. Se trataba de bajar tres pisos, desde el trastero al piso a pié de calle. El niño de cuatro años se quedó con un amiguito de casi la misma edad jugando en la calle y contando las cosas que iban llegando al piso.
Del cuatro se pasó al ocho, y después al once para continuar con el uno y vuelta a empezar. No había que hacer inventario.
Cuando él regresó del trabajo, pasadas las diez y media de la noche, se echó a dormir en su nueva habitación con colchón viejo, entre las viejas mantas. Durmió y se quedó como nuevo.
A las ocho de la mañana ella lo llamó. No se encontraba bien y pensó que había llegado el momento.
Acudieron todo lo deprisa que ella pudo caminar a ver al viejo doctor, con la intranquilidad que les produjo que la criatura se adelantara tantos días.
Era bajito y cascarrabias. Mala uva le llamaba él cada vez que salían de la consulta.
La examinó como buenamente supo y le pareció que no era parto. Le preguntó por qué cosas estaba haciendo últimamente. Cuando le relató la mitad de la mudanza el cascarrabias se aceleró.
Parecía su padre. Estaba segura de que lo que quería el viejo era pegarle para hacerle entender que en su estado no se deben cometer imprudencias de ese tamaño.
A él le miro fijamente y le ordenó que cuidara de su mujer, ahora más que nunca, su estado general no era bueno y faltaban al menos diez días para completar el embarazo. Reposo y que coma lo mejor que pueda, eso fue lo que le recetó. Ninguna de las dos cosas estaba en la farmacia, ni tenían costumbre de tomar.
Al llegar al piso nuevo se sentó en una de las tres sillas, cosa que no tenía costumbre de hacer, pues ella comía sentada en un taburete de madera que le fabricaron a él en la mina.
Trató de reposar como le había recetado el viejo, y su suegra le ayudó poniendo la olla al fuego. Para hoy, acelgas que ya había lavado, con dos patatas y unas lonchas de tocino magro que compró a la vez que salió para traer el pan, que por fortuna hoy no traía tantas raspas de centeno como en otras ocasiones.
Después de comer, casi a la una de la tarde, él salió para un nuevo turno en el pozo, y ella a regañadientes obedeció a su suegra y se echó sobre las mantas. Allí permaneció dos horas, sin dormirse, pero quieta y esperando a que al bebé no le diera por decir aquí estoy yo.
Aquel año, el mes de febrero fue menos frío que otros, pero trajo días de fuerte viento del oeste que ponían la cabeza loca.
La abuela se quejaba de estar arrebatá de los dolores, y se tomaba un sobre cada vez que su nuera no la veía. No quería que ella tomase medicamentos en su estado.
A él era la cabeza lo único que no le dolía. Tenía los brazos y las piernas entumecidas del dolor, y la espalda era ya un enemigo declarado. Pero a pesar de las calamidades y lo duro de la vida, estaba contento.
Se sentía orgulloso por aguantar lo que su compañero dio por inaguantable. No pensaba regresar al pueblo a destrozar terrones por cuenta del señorito, ni a esperar a que maduren los melones para ir a robar algo que echarse a la boca. Ni a cazar pajaritos con la percha y volver a la casa con los dedos helados de frío.
Pensó que su compañero dejaba una miseria por otra, aunque eso sí, la del pueblo la entendía mejor, no era en catalán.
Aquella tarde cambió de compañero de trabajo. Le pusieron a un hombre que no era de su pueblo. Era catalán y, como años más tarde sabría, era una bella persona. Humilde y trabajador, sensato y callado.
No fue un encontronazo, al revés, en pocos minutos entablaron toda la amistad que se puede entablar a ochocientos metros de profundidad, a la luz del candil, dos hombres jóvenes con los cuerpos destrozados por el esfuerzo y la penosidad del trabajo.



Quizás siga otro día.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Maldito Vargas Llosa que te ha arrevatado el Nobel!!!! Magnifico,me he llegado a emocionar...
Vicente