
Nací en el 57. A los 14 comencé a dar palos y a cotizar. Como pertenezco a una generación que sí hizo la mili, cuando en febrero de este año cumpla los 54 llevaré 38 años cotizando.
Cuando comencé a trabajar no negociaron conmigo cuál debía ser mi aportación mensual para obtener una pensión de jubilación, ni me exigieron compromiso de no vivir más allá de los ochenta, eso sí, descontaron de mi sueldo lo que les dio la gana, atendiendo a reglamentaciones y legislaciones vigentes que ellos mismos promulgaron, también sin mi consentimiento.
Pensaron y decidieron por mí, no me dejaron escoger.
Ahora los cálculos están fallando. Dicen que la culpa es mía porque voy a vivir más de lo esperado, no se que historia de una pirámide.
Lo agravan al prohibirme fumar. Con esta marcha de cuidados a los 67 estaré pidiendo curro, ya no tendré dolores de rodilla, ni espalda, seguro que habré recuperado la vista que hasta ahora he perdido, y puede que hasta me haya salido pelo en esta calva reluciente que ahora luzco. Y claro, hasta esa fecha estaré en el tapón que no da paso a las siguientes generaciones.
Menuda panda de maricones.
Si al final tengo que aguantar hasta los 67 habré cotizado 51 años. Haz cuentas.
Seguro que para entonces la proyección demográfica dará un giro y habrá que morirse a una edad determinada, por acuerdo entre gobierno y agentes sociales, refrendado por decreto ley, digamos a los 67 y medio, y así todos contentos. Menos el muerto claro.
Recuerdo ahora lo que decía Albert Einstein: La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal a los demás, sino por los que se sientan a ver que pasa.
Envidia me dan los pueblos de Túnez, Egipto y otros de la zona, que están de pie y haciendo que las cosas pasen. Suerte y ánimo para todos ellos, y para nosotros los de aquí, los que seguimos sentados, suerte y a ver qué pasa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario